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Por Alejandro Torres

“Yo hago cine para mi mismo…” dirá Lars Von Trier, director de Anticristo
su último film, en respuesta a las críticas desatadas en el Festival de Cannes
recién pasado, lugar de la elite cinematográfica, donde fue catalogado de
misógino.
Es curiosa la reacción que ha provocado esta película. No hay más que
pasearse por distintos foros y críticas de cine, para observar una polarización
entre sus opinantes, llegando incluso al insulto en contra de Von Trier como
causante directo de este verdadero conflicto de emociones. Los espectadores
se vuelcan a favor o en contra de aquello que en la película no es explícito, un
factor ideológico que resuena, a ratos disonante, tras una trama relativamente
sencilla pero que incomoda a las sensibilidades más conservadoras y
empatiza con los que ven en el cine un ejercicio de libertad más allá de los
valores pre establecidos.
Sin embargo, este factor ideológico se mezcla entre las bulladas y
mediáticas polémicas en las que se ha visto expuesto Von Trier, de ahí, tal vez,
aquella curiosa e irascible reacción hacia la película, donde autor y obra se
asumen desde un mismo prisma, dando como resultado las palabras y
conceptos que se repiten en la crítica: pretenciosa, autorreferente,
manipuladora, efectista, ambigua en el género, misógina.
Este artículo no pretende ser una defensa, pero sí responde y se suma al
debate, pensando en que la crítica ha caído en una especie de mirada
pasional, dejando el ejercicio de reflexión que nace desde la película, como
una estampida de juicios valóricos, llevándonos, la crítica, a los típicos lugares
comunes que estancan la discusión y congelan la ramificación de sentidos que
este film puede suscitar.
En primer lugar, hablar de manipulación en términos negativos, resulta
ingenuo en las condiciones actuales, donde los medios de comunicación son
el referente directo de los imaginarios por los cuales nos movemos
cotidianamente, siendo el cine parte de esos medios, como alguna vez lo
fueron las artes en general; de ahí que el apelativo de barroca le sienta muy
bien a esta película, cargada de simbolismos y de un cuidado en sus imágenes
que nos alude a lo pictórico, como un lenguaje más dentro del film. De aquí
también la pregunta que molesta al espectador: ¿Es el autor su obra? o
viceversa.

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La idea de vernos como receptores pasivos de todo cuanto exista en la
cabeza de un individuo, resulta perturbador, sin embargo, si está pasado por el
cedazo del género cinematográfico es tolerable y hasta atractivo; desde el
thriller, al gore, o el porno, el espectador se siente un conocedor de los
códigos, sabe que la industria no lo defraudará, ni tampoco lo incomodará
demasiado.
Qué pasa entonces cuando un director que ha realizado su obra instalado
en las libertades del cine de autor, vende su film como un producto del cine de
género. Ya desde ahí se vuelve un conflicto para la fanaticada del séptimo arte
Hollywoodense, ya no son los códigos a los cuales se está acostumbrado, es
un individuo – autor que habla, o mejor dicho, balbucea a través del cine. Si
ésta no es la motivación primera al momento de decidir dedicarse a cualquier
disciplina artística, de qué se trata entonces.

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Cuando una obra, como esta película, se sitúa frente a nosotros, adquiere
un recorrido propio, somos nosotros los que le damos el camino suficiente para
que haga sentido. El autor presenta una cosmovisión de mundo, que puede o
no ser explícita y clara, pero que finalmente pierde importancia, ya que es en
nuestra experiencia como esa obra encajará y hará pulsión. Muchas veces ha
pasado que las interpretaciones extraídas de una obra son tan ricas y
atractivas, que al momento de escuchar a su creador tratando de explicarlas,
pierden toda esa profundidad y espesura que las volvía únicas. Sin embargo,
nuestra formación occidental nos lleva a buscar explicaciones, nos obliga a
entender, y en Anticristo este acto racional es confuso, la separación entre
forma y contenido es ambigua, otro “pre- juicio” occidental.

No se concibe que en la forma misma, en el cuidado de las imágenes, en
el detalle del color y la atmósfera, por ejemplo, vaya implícito a su vez, el
sustento de significado; el contenido y la forma no son dos áreas separadas
dentro de una misma creación, la forma es en sí el contenido, más aún en la
actual década, donde todo es representación, fachadas e imágenes saturadas
de simbolismos, ya sea publicitarios, normativos, morales, siendo los de orden
ideológico, los que trazan, principalmente, casi toda la información cognitiva
que nos llega a diario.
Con lo recién expuesto viene de la mano una nueva polémica, el
momento en que el cine deja de ser el prototipo de la bien intencionada
entretención o de la mera reflexión contemplativa, para convertirse en una
experiencia visual (cosa que viene ocurriendo desde hace tiempo en el cine de
autor) en la cual, la mediatez sensorial es fundamental. Dato neurálgico para
ver esta nueva película de Lars Von Trier.

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Anticristo es una película con olor a transpiración, a sudor nervioso, a
sexo, a cuerpo presente. Esta película hace perder la sacralidad canónica que
cae sobre la representación del cuerpo, lugar donde se activan y registran las
huellas culturales, principalmente por que el coito, momento elegido por el
catolicismo para instaurar la génesis del pecado, queda expuesto a una
cotidianidad brutal, pero reconocible. “Ella” Charlotte Gainsbourg se encuentra
con “él” Williem Dafoe, en el coito; lejos del terapeuta, lejos de la razón purista,
con él en su expresión visceral, ambos enmarcados en el acto amatorio de
igual a igual, igualdad que no se produce en sus roles sociales.
La simbología religiosa de Anticristo juega con lo diegético, lo invierte,
se vuelve un cruce sin previo aviso con lo subjetivo. “Ella” y “Él” en el Edén,
aquel bosque donde ella pasa el último verano con su hijo muerto, trasciende a
lo nostálgico, es el punto de inicio, como Adán y Eva cristianos, encerrados en
esta especie de paraíso de naturaleza, donde “ella” al igual que Eva,
traspasará los límites permitidos y será la responsable directa del “mal” o el
pecado.

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Aquí se siente el peso de toda la cosmovisión cristiana, la naturaleza con
sus animales creados para la compañía del hombre, pero creados sin alma; la
mujer moldeada de una costilla del hombre, se erige como su compañera, sin
embargo aún mantiene un pie en la naturaleza, en los sin alma, para la
tradición cristiana. Ese vínculo con la naturaleza es justamente lo que condena
a la mujer, el inicio del pecado original, ser la tentación, la carnalidad que hace
sucumbir al hombre y su razón. Ya el Marques de Sade hacía alusión en el
siglo XVIII a la enérgica animalidad femenina, animalidad por siglos
enclaustrada y neutralizada, en la culpa de llevar consigo la carga del pecado
original. El rol social de la mujer se encasilla, a su vez, desde la mirada
cristiana, donde la maternidad es una obligación incuestionable, como también
la fidelidad a la pareja masculina y la virtud; todas normativas valóricas que
han ido de a poco, muy de a poco sucumbiendo, y que en la película adquieren
tintes ridículos con estos ejercicios terapéuticos que “él” le realiza.
Él es la razón, la evolución que separa al ser humano de los otros seres
vivos, y lo hace notar en su paternalismo hacia “ella”. A “él” no se le cuestiona
su falta de apego al hijo, ni se siente culpable por su muerte. Es por eso que en
los ejercicios terapéuticos que le práctica, la ubica a “ella” en la cima de la
pirámide, es “ella” la que se hace daño, sellando la discusión en la locura y la
demencia. Pero son los animales del bosque, en este mito católico sobre el
ciervo, el zorro y el cuervo, los que le irán trazando el camino a Dafoe (”Él”) del
caos y la pérdida de los códigos socialmente inscritos, son las normas de la
naturaleza las que ahora gobiernan, aquellas zonas que la religión no ha
podido dominar, la normas de Satán le dirá “Ella”.
Antes de morir “ella” lo tortura y además se auto flagela sersenando sus
genitales, ya no lo busca desesperadamente en el coito, ahora se encuentran
en el dolor, en la muerte. La muerte como el último tópico de igualdad entre los
seres humanos de la estética griega, resulta interesante. Sin embargo “él” se
libera, y la asesina, tranquilizando a su vez a la naturaleza, donde los tres
animales recién mencionados le miran, ya no como seres mitológicos, sino
como animales desprovistos de cualquier facultad mística.
Finalmente, una oleada de mujeres sin rostro, apareciendo de todos
lados, llenan el bosque de Edén, “él” las observa pasar.

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La estructura narrativa de ésta película contada en cinco partes, deja al
prólogo y al epílogo, expuestos bellamente en un elegante blanco y negro
relentizado, haciendo un extraño contraste, por no decir irónico, con el resto del
film. Una melodía de Händel, cantada por una contra alto femenina, le dan el
sello barroco al inicio y el fin de esta película.
Y es en este epílogo, donde la acusación de misoginia también nos
resulta ingenua sobre el autor de Anticristo. De alguna manera podríamos
extrapolar esa misoginia a toda una sociedad y su devenir histórico, marcados
por la presencia patriarcal de la cosmovisión cristiana en el pensamiento
occidental. Con lo cual volvemos al comienzo de este artículo, donde
expusimos la declaración de Lars Von Trier, que todo lo que escribía y dirigía
era sólo para sí mismo. Sin hipocresía hizo evidente una motivación primera en
cualquier impulso creativo.
El autor como un niño, un demente, un criminal, un pasional, un abocado
a la razón, un déspota, un enamorado, un misógino; se encuentra en la obra
con aquel pulso que fluye dentro de sí, la obra como fuga necesaria de esa
pulsión de vida y de muerte que todo ser humano lleva consigo. Aunque
coqueteando con lo épico, podemos decir, que la tensión vuelve al arte como
uno de los últimos eslabones de aceptación y redención hacia uno mismo.

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