fados(2)

Por Francisco  Nuñez

Por alguna razón que no recuerdo ese día planeé ver otra película, tampoco recuerdo por que entré a esta, pero creo que tuvo que ver con que estaba afuera de la sala desorientado en esta ciudad desconocida e imposibilitado de llegar a tiempo para ver mi pre-elección, por lo tanto sin elegirlo, entre a Fados de Carlos Saura. Lo que si recuerdo y claramente es que me sentí en un estado de conexión total y me maravillé con cada uno de los temas.

Cuando intenté  de recomendar Fados por primera vez lo hice tan mal que me preguntaron  si se trataba de una seguidilla de videos clip, automáticamente dije que no, me ofendí y luego quedé pensando e hice una revisión mental sobre las diferencias entre el video clip y lo que propone Saura, ya que ambos básicamente se cruzan en un formato similar y la simplificación tendería a confundirlos.

Yo catalogaría lo de Saura en el género documental experimental o documental musical, resaltaría su valor historio-antropológico centrado en el rescate del fado y sus ramificaciones musicales y sociales, su estilización escénica presentado como un cine de cámara que con poquísimos elementos genera una sensación de intimidad, su gusto en general. Pero hay algo más que se produjo entre yo y la película. Esa mañana recuerdo estar con un nudo en la garganta mientras Mariza y Miguel Poveda con una pasión desatada interpretaban “Meu fado meu”, durante la proyección recuerdo haber sentido nostalgias de algo que nunca he vivido, de lugares en los que nunca he estado y de gente  que no conocí, recuerdo la interpretación de Camané,  Toni Garrido, Caetano Veloso entre otros. Finalmente conocí la casa do fado, una antigua cantina-restaurante donde termina este viaje. Cuando salí del cine al finalizar la película, me sentí que había llegado a Valdivia por segunda vez.

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