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Por Marcela Ilabaca

Tanto el cine, como el arte contemporáneo en general, operan relaciones con su tradición.

Sin Aliento, película de Jean-Luc Godard de 1960, inaugura este mecanismo de intertextualidad,   como ejercicio que consiste en hacer alusión, mediante el desarrollo del film, a sus propios referentes cinematográficos.

La película, se enmarca dentro del movimiento Nouvelle Vague, que a fines de los 60 reacciona frente a las formas tradicionales de hacer cine. De modo que,  en el intento por establecer estrategias visuales y conceptuales que permitieran desarmar la manera clásica de realización, este movimiento va a quebrantar las estructuras convencionales, desarticulando los sistemas que  constituían su lógica habitual para reconstruirla a partir de un ejercicio de autoconciencia frente a su propia historia. Ello da cuenta, sin duda, de un síntoma que atraviesa toda la Modernidad, que consiste en producir un arte donde aquello que se muestra se encuentra internamente ligado con una tesis sobre el arte mismo.

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Así, pues, desde los años 60, la lucidez en torno a los rasgos que distinguen al cine clásico, pondrá en marcha el reciclaje de la realización cinematográfica, conformando un cine que fusionará los antiguos modelos, para reinventarlos constantemente. Ello,  se verá expresado en diversas transformaciones en la forma, por ejemplo, en la convergencia de  géneros, en la renovación de las estructuras narrativas  y del lenguaje en general.

Sin Aliento, es uno de los primeros referentes que exhibe tal alteración y tensión de la representación cinematográfica clásica. Observamos en la pieza, que Godard no propone temas o contenidos diferentes –se mantiene la historia policial y la historia de amor-  sino que  introduce transformaciones en la forma, tanto en sus aspectos visuales como narrativos. Godard trabaja a partir de la tradición, reinventando la visión acostumbrada del personaje y proponiendo la convergencia y reconstrucción genérica. En cuanto a la imagen, tensiona la representación por medio de la inserción del cine a pulso presentando, además, una duración insólita de las escenas y construyendo los diálogos mediante la improvisación. Asimismo, a través del desarrollo del film, Godard inserta procesos intertextuales, indagando, por medio de la imagen, relaciones visuales con la historia del cine.

Estos son algunos antecedentes que, sin duda, repercuten en la manera en cómo funciona el cine actual, en el que es posible advertir un acusado  despliegue formal, donde los recursos emergen en el relato, rompiendo con la representación.

Sin Aliento, presenta notables precedentes sobre dicha ruptura, a saber, deja al descubierto el tosco movimiento de la cámara e incorpora al personaje, que mira y habla a través de ésta, en el mundo del espectador. La cámara así traspasa el umbral de la representación al “aparecer” como recurso, ingresando materialmente en el relato, “entonces el espectador “sabe” que está ante una idea puesta en obra, es decir, que no solo asiste como espectador al curso de la historia, sino también a una reflexión sobre el arte de contar historias.” (1)

De este modo, Godard logra tensionar y poner en evidencia el simulacro, producir la revelación  del carácter artificial de la representación cinematográfica. Ello, nos permite pensar entonces en que la forma no solo opera como recurso estético, sino, que entra en relación con el sentido intertextual al que se desea apelar, lo cual constituye un mecanismo que se ha hecho pertenecer a gran parte del cine de hoy.

(1) Rojas, Sergio.  Texto Cine, estética y sociedad. P. 2.

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