
Por Claudinho Simoes
El primer acto de crítica respecto a una obra lo realiza su propio creador. En el momento en que decide lo que hacer, cómo lo va a presentar y, particularmente, desde qué perspectiva lo proyectará, está tomando una decisión. A este respecto, no es difícil identificar cuál es la trinchera desde la que Jeff Feuerzeig opta por componer su documental.
Con un criterio de argumentación notadamente selectivo y un lenguaje poco pretensioso, construye una secuencia histórica lineada bajo el formato periodístico que permea a numerosos registros documentales de artistas o fenómenos musicales, casi reproduciendo el objeto a que se dedica, en cuanto a su bajo perfil. Y decimos “casi” porque es justamente esta carencia de propuesta composicional lo que llama la atención hacia los elementos menos evidentes del film. Bajo la superficie de la forma y el lenguaje, encontramos el concepto. A falta de un montaje más atrevido y una visualidad elaborada al servicio de la narrativa, se posiciona un inusual discurso relativo al significado del éxito en la vida de un artista.
Es Daniel Johnston nada más que un muchacho al que no le gustaba la universidad y prefería pasar el tiempo construyendo su mundo rayano en lo autista, interrumpido de vez en cuando por alguna historia de amor no correspondido y que, progresivamente, evidencia un trastorno bipolar que le cierra las mejores puertas del suceso? ¿Es solamente un sujeto que en la adultez todavía vive con sus padres, que tiene el psiquiátrico por su segunda casa y una obsesión con respecto a Satanás?
Feuerzeig acentúa las declaraciones de familiares y amigos de Johnston a un punto por veces sospechoso, pero también obliga a la búsqueda de un elemento que unifique, en la persona de Daniel Johnston, su creatividad, su infantilidad, su historial clínico y el impacto de su trabajo en la mente, por ejemplo, de Kurt Cobain o los más de 150 artistas que, alrededor del mundo, han grabado sus canciones. En otras palabras, la tentativa de emitir un juicio apreciativo sobre el trabajo musical de Johnston no puede ser elaborada sin considerar el todo de su “persona”. Tratarlo como un fracasado que acaba sus días en un sanatorio para enfermos mentales no sólo no le hace justicia a la evidencia presentada por Feuerzeig sino que cuestionaría la profundidad de criterio con la que se ve la película.
¿Qué es, a fin de cuentas, el éxito en la vida de un ser humano? ¿Se puede plantear este concepto de una forma unívoca y transversal o es necesario construirlo a la luz de la “arena” en la que actúan sus personajes? Jeff Feuerzeig pone esta discusión sobre la mesa arrojando las claves necesarias: un fenómeno de culto de la sociedad norteamericana al cual su trastorno mental le ha jugado en contra pero también a favor; un letrista con el poder de hacer que las personas experimenten la identificación; un artista reconocido como tal por sus iguales y al que la vida le ha dado las mismas oportunidades que a otros y algunas que no le ha dado a nadie más.
El riesgo de documentar un personaje aun en vida es el inevitable sabor a “continuará” que deja siempre en el aire una propuesta de tal índole pero, en el caso de The Devil and Daniel Johnston, es una fortaleza que aleja de poner un sello lapidario a una historia que aun se está escribiendo y que el director tampoco pretende cerrar.











