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Por Luis Felipe Horta

Miércoles, 22 horas, Bar Liguria. Todo tenía mal aspecto.

En el marco del Festival In Edit, se exhibiría un avance del documental “El Frío Misterio”, sobre la mítica banda ochentena “Electrodomésticos”. La presentación tenía un buen gancho: la presentación de la banda (casi) original interpretando viejos y nuevos clásicos.

La película, de la cual se exhibieron veinte minutos, utiliza los cuatro dispositivos clásicos de un documental de banda: Recitales de época + Entrevistas recordando el pasado + Música de la banda en pseudos videoclips = Documental de banda musical.

Dicha fórmula a circulado en todo In Edit, hablando de la mezquindad de recursos audiovisuales presentes a la hora de hacer un retrato de un personaje, donde el director como un fan no hace sino deslumbrarse ante sus ídolos tras el ojo mecánico de la cámara.

No es menor en el caso de “Electrodomésticos”. Banda de culto underground en los ochenta, eclécticos, avasalladores, con un Carlos Cabezas extremadamente lúcido como inquietante, y una historia de arte en dictadura, posee los elementos significantes de un personaje “freak” para una escena ochentera que en vez de avanzar sobre el discurso social, reconvertía el discurso de la plástica para hablar del vacío de una generación.

“Electrodomésticos” nace como un producto de las elites artísticas de vanguardia en unos ochenta militarizados, torturados y alienados. En aquellos años, ser la contracultura, cuando la cultura era Patricia Maldonado, era un acto de rechazo no solo a la dictadura, sino también a una sociedad que reclamaba con algo que en el fondo les otorgaba regalías y un buen pasar. Surgen voces como “Los Prisioneros”, que precisamente reclamaban contra estos “cuicos que bajan desde Vitacura para poder pasarla bien”, y que prontamente se ven seducidos por esta intelectualidad underground, que monopoliza la avanzada estilística, reclama en contra de los militares y organiza pequeños recitales clandestinos que hoy son parte de los mitos bohemios de Santiago.

Bandas como “Electrodomésticos” representan esa hibridez, extremando recursos como la utilización de radios viejas o recuperando el hablar popular; realizaban recitales alucinantes sin tener que utilizar la receta guitarra-bajo-batería, logrando introducir sintetizadores (en aquellos años sinónimo de música techno), grabaciones de cassetes y principalmente la inversa a la farándula pop y anti pop.

Sintomáticamente, esta actitud reacia a la prensa, y abierta a la experimentación sonora, significó adscribirse a un público, que alucinaba precisamente con esta postura descreída de los sellos, de los recitales masivos, de la edición serializada de singles.

“Electrodomésticos” cambió. Chile cambió. Los entonces jóvenes New Wave cambiaron.

Hoy Carlos Cabezas toma whisky en el escenario mientras se las arregla por ser mucho mas joven musicalmente que muchos jóvenes, por que sus pseudos hits de hace veinte años atrás sigan sonando frescos, mas aún que las nuevas composiciones que con abierta vocación pop, no escatiman en hacerle guiños a esos jóvenes de ayer que hoy son empresarios, ocupan cargos, viajan a Los Ángeles y evidentemente le replican el salud de whisky que la banda enuncia a su generación.

Ver a la banda hoy es un espectáculo, sin duda. Son tan avasalladores como cualquier clásico del rock realizado acá, menos masivos si se quiere, pero, siendo sinceros, hoy hechos un estandarte.

Ver a “Electrodomésticos” hoy es ver una banda que perdió la irreverencia, que se escuda en canciones que son pasadas por telenovelas, que corean chicas lais que nunca conocieron las viejas canciones, pero que perfectamente podrían ser las estudiantes de Bellas Artes de hoy en una universidad privada.

Los ochenta terminaron por heredarnos una generación que bajo el arrogante rótulo de haber “peleado por la democracia”, terminó autodevorándose en el libre mercado. Una generación de discurso de vino y queso, que sacraliza en el Liguria todo lo que repudiaban, el inverso a lo que pretendían representar. Esa generación hoy tiene oficina, tiene viajes, tiene estatus, tiene peluquera, ropa de marca, vino de marca, trabajo de marca y amigos sonrientes.

“Electrodomésticos” terminó convirtiéndose en eso, en una banda sonora de aquellos que lo pasan bien, y si bien esa autocomplacencia los lleva a seguir tocando canciones geniales, a sonar como no suena nadie, a seguir haciendo vanguardia con composiciones de hace veinte años atrás, se han despojado de la carga crítica estética que los caracterizó en dicha época. Dicho de otro modo, nunca mas veremos a aquella banda molesta en términos estéticos, y cuestionando del lenguaje musical.

Muy por el contrario, hoy incluso se hacen documentales clásicos sobre la banda, para ese público ávido de nostalgia, que aún cabecea con “El Frío Misterio”, que aún compra los compilados de rock chileno de los ochenta donde el mercado no duda un segundo en mimetizar su complejidad musical con bandas tan bastardas como “Engrupo”, minimizando el caudal de esos dos discos imprescindibles del rock local como son “Viva Chile” o “Carrera de Éxitos”.

Tenía razón Carlos Cabezas con sospechar de la multinacional que los quería contratar allá en los ochenta para publicar sus discos. El mercado no solo se los tragó a ellos, sino a toda esa generación, que hoy encuentra su lugar en pequeños nichos neo aburguesados, imaginando ser lo que no se es: un joven en los ochenta en un recital underground en un galpón de Matucana.  Mientras otros, mitifican lo que nunca conocieron, pero que se sienten felices utilizando esas mismas estrategias formales para sentirse parte de un mundo que ya no pretende siquiera existir.

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