
Por Gonzalo Abrigo
La vocación del flaneur, divisó Baudelaire, es la de fascinarse con dar paseos interminables por la ciudad. Lo visto y experimentado en esos viajes diarios o a la mano, sobre todo a la mano de desocupados, satisfechos o lo contrario, artistas con disponibilidad horaria o relativa prestancia vital, se transformaba en una experiencia fundamental para dejarse permear por metrópolis como París, y así padecer –y a veces sobrellevar- estéticamente la cada vez más recurrente inundación interior a finales del siglo XIX. Hoy, a comienzos del XXI, las grandes ciudades no parecen recular con entusiasmo ante su propia y contumaz tendencia de abolir a ese paseante, cuyos sentidos tampoco dan abasto, con comodidad, para acoger el derroche de estímulos que actualmente ellas son capaces de dispensar. El paseo se agota. Combatir el aburrimiento se vuelve un nuevo y soberano esfuerzo. Y al filo de esa melancolía que comenzó a debutar en el siglo XX con T.S. Eliot, y acabó por reestrenarse con Hart Crane o Frank O’Hara, últimos intentos reparatorios por integrar lo visto y experimentado en ciudades desbocadas (con absoluto éxito, por lo demás, si se puede llamar éxito a la producción de sus poemas), la poesía chilena también contribuyó a dar cuenta de ese apocalipsis, la dificultad creciente para deambular por la urbe (o la vida) – Teillier y Lihn mediante, represión dictatorial igual-, e hizo escuela.
Tal vez en ella habría que inscribir, de buenas a primeras, a Último paseo de Javier García. Pero de malas a segundas, tal vez resulte innecesaria tal matrícula, maña tan propia de la crítica: al cabo de leer las cuatro secciones del poemario, 33 poemas en suma, queda la sensación de que este particular periplo ha sido realizado por una especie de expulsado, de un cimarrero primordial, que se fugó una sola vez para no volver jamás, ni al aula ni a los recreos ni a ninguna parte, no como antojadizo acto de rebeldía, más bien como caso radicalmente perdido de deserción escolar, indiferente para los caudillos de las unidades técnicas, y que podría perfectamente retornar a cualquier disciplina o simplemente desaparecer, una vez que ha circulado por los bulevares de la decepción, desengañado desde esa vuelta signada como definitiva: Último paseo/aunque sea con la cabeza al revés/como las gallinas/colgadas en la puerta de la cocina/que por un hilo de sangre/no separan el cuello de su cuerpo.
Quizá sea la imperiosa necesidad de una experiencia lo que insiste en estos poemas. Posibilidad abierta, aunque sea con la cabeza dada vuelta. Clase de experiencia a la que, en todo caso, estaría vedado acceder desde la convivencia en un establecimiento o, para graficar mejor la cosa, en el establishment. Buscar esa hendidura fundamental, último reducto de lo íntimo, obtiene como resultado una escritura anclada a una conciencia sardónica, cruda sobre la caducidad de cada atisbo de existencia entrevisto en la aventura. La obligación, fruto de lo anterior, es descorrer velos por doquier: En este túnel las palabras no salvan a nadie/y la metáfora es un sueño/de un enfermo terminal. Ni ese neonato que sólo se alimenta de leche y sueño en el poema que abre el libro (“La mano sin pensamiento no escribe”) está a salvo de la fecha de vencimiento. Inocencia en continua corrupción, símil del oficio de escribir: Dentadura cariada/como la noche en el desierto/como la tinta negra escribe/Dolor. A partir de esta visión, no es posible concebir la vida sino como en continua amenaza. Pero a diferencia de lo que ocurre con la ciudad contemporánea -permanentemente sitiada, impaciente por encender las alarmas-, la inminencia que aparece en estos poemas no resulta impostada sino consustancial a la realidad, sólo acentuada por la continua referencia a la enfermedad, coacción natural de la vida, y cuyas imágenes buscan recordarnos o acercarnos lo repulsivo, con lo cual convivimos a diario, y de lo cual nadie se salva. Ni Neruda (“La casa del gigante”), ni ese Rimbaud latinoamericano, ni ese Sade latente, ni el condenado Ezra Pound, ni el profano Panero, ni el escéptico Enrique Lihn en su lecho de muerte. Ni obviamente Javier García: de ahí, me parece, sus poemas. Tampoco los referentes obligados, naturales de toda existencia, por muy huérfana que ella sea: padre y madre (“Blanca Rosa Bustos Reyes”; “Autorretrato de mi padre”), retratados en el mismo álbum junto a esos superhéroes de la cultura. Sean literarios o biológicos, siempre sirve oír el sueño o la “Pesadilla del ciego”, padre basal, diestro (y siniestro) en la vertiginosa gramática de las pasiones y el destino, Homero o Borges: El cáncer la miseria la lepra/son tus enamoradas con quienes te revuelcas.
La descomposición es lo que parece sacar al limpio este paseo que rechaza secuelas o repeticiones. Dentaduras cariadas, tráqueas perforadas, pulmonías invernales, hediondez de perros atropellados, muletas, pudrición transversal: mi padre frente al espejo/la halitosis de tu boca/el equilibrio del Universo/y tus ojos mi alimento/ en el instante de nacer. (“La Pudrición”). Pero descomponerse también es vivir –advertía el Molloy de Beckett-, aunque nunca sea posible entregarse a ello del todo. Su posibilidad – la de la vida-, es devenir ortopedia, tal como el lisiado Molloy con muletas arriba de su bicicleta, articulación o herramienta necesaria para engranar lo que hay entre nacimiento y muerte, amor y enfermedad, padecimientos siempre cubiertos por sábanas si leemos con atención, acaso única huella inmaculada, cifra de iluminación sin la cual estos poemas no habrían sido más que otro viaje al fin de una noche relativamente conocida dentro del abundante panorama de poesía reciente y/o emergente: y nos quedamos en blanco como las sábanas/que cuelgan en los patios traseros/como la luz que hay/entre nosotros y los muertos.
Efectivamente las de los enfermos como las sábanas del amor son aquí la fibra común, textura compartida tanto en la felicidad como en su contrario. Y esto, me parece, es un hallazgo relevante para comprender la apuesta: el viaje de la poesía, ese paseo final, tiene destinos conocidos: la pasión o el mal, por separado o al mismo tiempo, lugares donde siempre se las arregla para subsistir esa mínima intuición de esperanza o el momento en que puede aparecer la luz (“Clara en su cuarto de baño”). Ignoramos si esto se trata de una lección aprendida. Tal vez sea simplemente el punto de partida, vivo comienzo o una invitación para iniciar otra búsqueda experiencial, ya con la violenta conciencia de lo perecedero sobre los hombros o, mejor aun, sacudida por fin de encima.
Pero ahora, como dijo il miglior fabbro, dejemos hablar al viento. Y a Javier García, como reza “Infancia”, y porque lo queremos acá:
Mejor dejarlo tranquilo
Antes que desaparezca para siempre.

ÚLTIMO PASEO
Javier García, La Calabaza del Diablo, diciembre de 2008. 52 págs.











Buenísima idea, de hecho estaba a punto de de sugerirte que dejes al viento hablar… aunque sea un ratito!!!
21 Sep 09 at 8:00 pm #leí este libro y lo mejor es la parte donde aparecen esas estampas deescritores. son buenos esos poemas.y la reseña presententa bien lo que es el libro. tá biueno el artikulo. aludos desde Peñalolén. muy wena web.
21 Sep 09 at 11:09 pm #Estaba seguro que del mar aparecerían conejos. ¿Usted ha visto conejos salidos del mar? Acá uno a cargo de Abrigo Gonzalo. Si hasta las gaviotas parecen conejos, de reojo, cuando pienso en mi falta de cabeza. El Firmamento que se ve gracias a la generosidad de pocos, pero del porte de un Trasatlántico visto, incluso, desde La Ligua.
El día despejado.
22 Sep 09 at 8:38 am #Estimados,
He estado leyendo sus posteos y me gusta la calidad. Existe además una relación con algunos de nuestros productos.
Me gustaría ofrecerles la oportunidad de participar en nuestro programa de afiliados. Si por favor me contactan por correo, yo les hago llegar la información pertinente.
Atte.,
Andrés Bucchi
16 Oct 09 at 12:48 pm #Departamento Técnico
http://www.atrapalo.com