CINE: Michael Haneke, Caché

Por Constanza Escobar A.
Un encuadre fijo, el plano de la fachada de una casa visto desde la distancia, en completo silencio y con los créditos de la película, es lo primero que vemos en Caché. Una toma que a lo largo de la cinta se nos revela constantemente, manifestando la materialidad y la propuesta de Michael Haneke en esta obra.
A grandes rasgos Caché retrata la historia de una pareja que se ve acechada por grabaciones que muestran el exterior de su vivienda, y que para ellos se revela como una premisa incuestionada: están siendo observados, o más aún, vigilados.
La pareja en cuestión, constituida por Georges Laurent, aparentemente un crítico literario con un programa televisivo, y su esposa Anna, también ligada al mundo editorial; ven su vida trastocada cuando comienzan a recibir extrañas grabaciones de la fachada de su casa. A partir del primer video, el mundo de los protagonistas se ve determinado por estos extraños fragmentos. Las conversaciones entre ambos se vuelven mayoritariamente referentes a estas cintas; comienzan a emerger una serie de dudas y cuestionamientos sobre su procedencia, que a lo largo del relato van amenazando la propia relación de pareja. Desconfianza, culpabilidad mutua y exculpaciones van lentamente emergiendo y formando una barrera entre ambos.
George y Anna se ven envueltos en un estado de paranoia constante al saberse acosados por este personaje; aquel ser que los observa sin ser visto, convirtiéndose ellos en presas de una especie de panóptico foucaultiano. Las limitaciones entre espacio público y privado se indefinen y ven trasgredida su intimidad, aún cuando esa cámara misteriosa no se aloje en el interior de su hogar. De ahí entonces, cualquier suceso anómalo es atribuido a este personaje oculto, a esta cámara escrutadora; la desaparición del hijo es considerada casi indudablemente como un secuestro de este ser; un personaje que poco a poco se va configurando y adquiriendo demarcación bajo la perspectiva de Georges.
Luego del primer video recibido, las cintas sucesivas se van volviendo más cercanas a la realidad. Pareciera ser que este acosador, en realidad es alguien que conoce mucho más de Georges de lo que se pensó en un primer momento. El acoso se torna radical. A los videos, se le suman llamados telefónicos y postales enviadas a Georges y a su hijo, donde la figura de un niño vomitando sangre o de una gallina con la cabeza cortada, parecen cobrar cada vez más sentido. La inquietud se presenta de manera ascendente en el protagonista, en tanto aspectos de un pasado que ha querido olvidar, retornan involucrando además a su familia.
Toda la película remarca este entorno de inquietud, un ambiente de persecución constante, donde pronto vamos notando cómo la culpa se va infiltrando capilarmente en el personaje principal. Una culpabilidad no conciente, donde un “qué no haríamos para no perder nada”, se vacía de significado al ser atribuida a una acción de niños, acción que como nos enteramos constituye la mentira elaborada en torno a Majid, que aborta la posibilidad de una vida mejor para el niño, pero que es exculpada y cuasi olvidada por Georges. Pero este acto retorna y marca nuevamente su vida, a través de estos videos, de los cuales aparentemente es Majid su creador; aquel que los observa; el vigilante silencioso que trastoca las certezas que Georges creía adquiridas. Una culpabilidad que extrapolándola a un nivel mayor podríamos interpretar como la culpabilidad de Francia ante eventos producidos en su historia. Estas acciones retratadas de modo marginal en la cinta (la matanza de inmigrantes argelinos durante una manifestación en París, en los 60’ Francia, de donde los padres de Majid son sólo un ejemplo), pero que podrían ser reflejo de esta culpabilidad no asumida, reprimida y aparentemente olvidada como la vivida por el propio Georges.

Para remarcar este ambiente de persecución, paranoia y culpabilidad, la propuesta de Haneke se planea en video de alta definición, con un fino tratamiento de cada escena. Aquí la banda sonora se compone únicamente del ruido ambiental y diegético, donde nos vemos inmersos en una mixtura entre las imágenes correspondientes a la realidad y aquellas que pertenecen a los videos recibidos por la pareja. No hay diferencia en su materialidad, texturas y tonalidades son similares. La única forma de distinguir si lo que vemos es la cinta misma o la filmación dentro de la película, son las posibilidades de intervención que entran en juego; sólo mediante los avances o retrocesos que los protagonistas aplican al video nos damos cuenta que es una grabación dentro del filme. Y es ahí donde emerge una cuestión interesante de la obra de Haneke, en lo que podría ser una suerte de cuestionamiento sobre la realidad mediada que se nos presenta. La cámara adquiere literalidad, a través de ese encuadre excesivo, como registro de sucesos y documentación en esos planos estáticos de la fachada de la casa como son las grabaciones. De este modo, se convierte en una mirada despersonalizada, no es posible conocer quien compone el espacio; no hay conciencia sobre quien articula las relaciones en él; quien es el propietario de la mirada; si acaso es el extraño que acosa o la propia conciencia o recuerdos de Georges. El espacio mismo en su realidad se torna virtual, en cuanto la complejidad de la distinción lleva inscrita su posibilidad de inexistencia.










