CINE: Taxi Driver

Por José Crispi
¿Se imaginan un documental sobre París sin la presencia de la Torre Eiffel?, ¿O uno sobre San Petersburgo sin el Palacio de Invierno?. Es igual de extraño ver uno sobre Nueva York en que esté ausente la Estatua de la Libertad. Y Taxi Driver ni siquiera la nombra. Sin embargo nadie podría dudar que es Nueva York que se nos aparece imagen tras imagen: las nubes de vapor que salen desde las entrañas de la ciudad, las luces en las calles que tapan todo aquello que se quiere ocultar, los taxis amarillos que van mostrándonos su arquitectura única. Una ciudad que por estar permanentemente en movimiento, de día y de noche, cansa de mirarla.
Es que Scorsese nos habla de un Nueva York bien singular. Un Nueva York donde cuesta entender el significado de esa estatua; o en que la palabra libertad resulta bastante menos glamorosa que como lo cuenta el sueño americano.
De la mano de un De Niro exuberante, Scorsese destaca todo aquello que habitualmente las grandes urbes intentan esconder: prostitución, drogadicción, violencia y todos las restantes muestras de decadencia que queramos imaginarnos. La cámara nos pasea por sub mundos que van creando una atmósfera de marginalidad y sin sentido, marcando a prácticamente todos los personajes que habitan el film. Con diálogos cortos que ayudan sobre todo a construir los contextos, es a través de imágenes que va armándose un clima cargado de pesimismo y negrura. Todo esto, para acercarnos a aquello que constituye el corazón de la tragedia de este taxista veinteañero perdido en esta gran jungla de cemento: su infinita soledad.

Una historia de amor que no alcanza a nacer y una relación con la política vacía de cualquier sentido, son vías que no alcanzan a integrar a Travis a nada de lo normal. Así se va abriendo el camino para una segunda etapa de la película, en que Scorsese intenta salvar a su personaje – ex marine enviciado por las armas y lo heroico – convirtiéndolo en un nuevo Llanero Solitario o un nuevo Batman. Personajes que son por cierto blancos y en que el racismo aparece veladamente.
Lleno permanentemente de simbologías visuales -billetes arrugados, túneles-, el film no nos permite nunca desprendernos del insomnio que va agotando a sus personajes. Almas atormentadas en una ciudad que no las quiere acoger. Un recurso para conectarnos con temáticas que van más allá de Nueva York o de la trama de una gran ciudad en que Taxi Driver está ubicada. Quizás hasta la soledad no sea más que un medio ocupado por Scorsese para acercarnos a esa sensación de malestar y de búsqueda que sigue acompañando al transitar humano en cada ciudad y desde siempre.
Y por último, no es banal haber comenzado hablando de esta película como un documental. Porque aunque lo tradicional sería catalogarla en el ámbito de la ficción, hay un intento, a mi juicio exitoso, por develar/describir una parte significativa del alma de la Gran Manzana (Big Apple). Pero, como siempre, tras el guión y la cámara están los ojos de un director que sin duda está también construyendo realidad; invitándonos a conocer “su ciudad”. Una tremenda invitación que estoy feliz de haber aceptado.












