
Por Alejandro Torres
La Ciénaga, escrita y dirigida por Lucrecia Martel, es una de las películas más interesantes dentro del cine latinoamericano contemporáneo. Su narrativa, estética y sonido instalan una serie de dispositivos imprescindibles de revisar.
Una vaca muge con dramáticos bramidos enterrada hasta el cuello en un lodazal, intentando infructuosamente salir y seguir viviendo; unos niños le apuntan con unas escopetas y un montón de perros intentan morder sus orejas. Esta escena es parte de la película de Lucrecia Martel, y funciona como prolepsis. Concentra en sí misma, la esencia o metáfora visual de lo que podríamos denominar: la premisa argumental de la película en su totalidad. La ciénaga, como un lodazal eterno, envuelve a sus protagonistas, quienes así como el animal, no podrán escapar a sus destinos, arrastrando consigo el entorno provinciano cómo una desvirtuada réplica de los códigos urbanos. La desidia y falta de voluntad como parte de un género sometido ante un machismo implícito; acentuado, todo esto, en separaciones clasistas y racismos discriminatorios, que enturbian las relaciones.
La Meche y la Tali, protagonistas de esta historia, son dos mujeres adultas. Meche es mayor y tiene hijos adolescentes, vive en una casa patronal de una finca, hacia el interior pre cordillerano de la zona Norte en Argentina (zona muy boscosa y seudo tropical). Su casa es descuidada, lo vemos en la naturaleza que ha ido recobrando terreno en lo que antes era parte de la construcción, su vida gira en torno a su cuarto: “No te levantarás nunca de esa cama, así como la abuela…”, le dice una de sus hijas, demarcando una herencia macabra que persigue a las mujeres de esta familia, las cuales se sumergen poco a poco en esta ciénaga de arribismos y frustraciones.
Tali, por otro lado, es prima de Meche. Vive en el pueblo cercano a la gran casona, tiene hijos pequeños, su vida recae en ellos, como un grillete que inmoviliza. Ambas mujeres, Meche y Tali, están casadas con hombres mediocres, dejándoles el sabor de la traición en el caso de Meche, y de culpa en el caso de Tali. Culpa que nos imaginamos insoportable después de la insinuada muerte de su pequeño hijo, ya al final de la película.

Sin embargo, ésta ciénaga atrae, como un íntimo deseo. Es el calor que sofoca; es la embriaguez del licor y de la naturaleza; es el roce entre los cuerpos que se necesitan, sin importar los lazos familiares ni parentescos; es en los cuerpos donde vislumbramos una salida, es en sus impulsos primeros donde se reconoce el cariño y la acción sincera.
De esta manera, este film, que sin mayores artificios ni efectos, más allá de un mundo sonoro que entra y sale de diégesis, dando unos toques muy activos de fuera de campo, que enriquecen la escena, complementando el naturalismo ya instalado; nos introduce en un imaginario, para nosotros reconocible. Un imaginario muy Latinoamericano, que se vive en cada pueblo de nuestro continente y que tiene que ver con el fenómeno de la centralización. Ciudades saturadas, pero que sin embargo, siguen siendo el eje económico y el prototipo de realización personal. Lo curioso, es que estos personajes de “La ciénaga” de Martel, no reclaman ni cuestionan. Existe en ellos una resignación extraña, que los frustra y a la vez inmoviliza, dejando a sus cuerpos (principalmente en los jóvenes) como el único lugar real de experimentación y de sentir, lugar que se irá consumiendo en esta especie de lodazal pre designado.
Un artículo aparecido en el diario La Nación de nuestro país, a fines del año 2007, titulado “La suerte está echada”*, hacía alusión a un estudio efectuado por psicólogos de la Universidad de Chile en relación a los resultados en las pruebas simce y de selección universitaria. Argumentaban ahí que aquellos niños que en Octavo básico no obtenían buen rendimiento en la prueba simce, tampoco lo obtendrían en el siguiente certamen. Esta tendencia se acrecentaría, en la medida en que los ingresos económicos fueran menores; en la escolaridad de los padres; si vivían en las grandes ciudades o si eran de provincias y si eran niñas o niños. Con todo esto, el artículo termina diciendo, que los peor evaluados por este estudio, serían las niñas que viven en zonas rurales, las cuales a los 13 años tendrían su suerte ya echada, su destino ya trazado. En estos casos las expectativas de llegar a una Educación Superior, entre otras cosas, serían prácticamente nulas. El paralelo con la película de Lucrecia Martel es evidente, convirtiendo este film en la estilización de una realidad silenciosa, un barroquismo ya descubierto por Marques en Colombia o por Sarduy en Cuba. De esta manera, cuando el pueblo se conmociona por que ha visto a la virgen sentada sobre un pozo de agua (aspecto eficazmente trabajado a través de imágenes de archivo) no nos extraña. Es parte no sólo del imaginario popular, sino del ideario colectivo que remece quietudes de voluntad e ignorancia. El que una de las hijas de Meche llegue entristecida en el cuadro final del film, ante la evidencia de no haber logrado ver esta imagen, nos deja abierta la posibilidad de un cambio. Esta tranformación nace del cuestionamiento. Y sin embargo, la película aquí termina.
*Bravo, Carmen Eugenia “La suerte está echada” artículo La Nación, Santiago, Chile, Lunes 03 Dic 2007.










